La última lenta

bola-discotecaLa oscuridad se hacía sólida y amiga entre figuras que se borraban abrazadas conforme la música enlentecía su ritmo y acercaba los cuerpos. El único rastro que quedaba de ella era el sonido cercano de su respiración y el aroma de su perfume pegado a mi garganta.

La sujetaba con la firmeza quebrada de la duda mientras girábamos agarrados como si estuviéramos al borde del abismo del amanecer.

Estaba allí, conmigo, pero yo aún la imaginaba en el patio del instituto durante el recreo, envuelta por su sonrisa y disimulando una mirada que nunca quedaba del todo junto a mí. Ahora, tan cerca que ni siquiera podía verla en el abrazo, era el momento de decirle lo que tanto me había repetido y, sin embargo, no me atrevía a separar los labios por si volaba un beso y no sabia regresar.

Y así giraba la noche en una rueda hecha de siluetas y deseo…

Hasta que llegaba la música que ponía fin al momento, aquella que despertaba los colores de las luces y aceleraba los golpes del corazón ante un final que más parecía una despedida. Era la última lenta, la canción que separaba los cuerpos, devolvía palabras vacías y encerraba definitivamente ese beso en espera de una salida que tampoco encontró esa noche.

Todo quedaba suspendido hasta el próximo domingo, cuando de nuevo las canciones lentas en la discoteca llamaban a los sueños que la semana encerraba entre el patio y los pasillos del Instituto Nacional de Bachillerato Mixto de Olula del Río.