En verano el amor despierta más tarde

CARICIASRecuerdo que cuando era niño mis abuelos tenían una casa en la Estación de Purchena, una pedanía cercana al pueblo donde los trenes hacían su parada para que la vida pudiera continuar entre viaje y viaje, y donde todo volvía a comenzar con cada una de las cartas guardadas en las grandes sacas de Correos que iban y venían por los interminables vagones.

La vida allí era especial, era como una burbuja donde el tiempo venía marcado por los acontecimientos, no por el reloj. Las doce eran cuando llegaba el tren de las doce, que habitualmente lo hacía con varias horas de retraso; las cinco de la tarde nunca daban antes de las ocho, que era cuando solía aparecer el tren previsto para media tarde; y la noche no comenzaba hasta que pasaba el “tren nocturno”, daba igual que la oscuridad hubiera escondido el paisaje desde horas antes… Era el sonido de cada tren saliendo fatigosamente de la estación entre humos y sonidos, el que daba entrada a cada nueva etapa del día…

En verano los días logran liberarse del lastre de las horas, y regresan en parte a esa dimensión donde la vida transcurre al ritmo de los acontecimientos… La mañana empieza cuando amanece la mirada, el mediodía se convierte en un juego de mesa más o menos entretenido, la tarde es lo que tarda la noche, y la noche sólo se inicia cuando decidimos ir en su busca…

Y cuando son los acontecimientos los que marcan la vida, el tiempo se detiene en ellos para mostrar el significado de aquello que escapa a la mirada intermitente que va de “tarea en tarea”, de “obligación en obligación”… el resto del año. De ahí la sorpresa y la culpa, la añoranza y la imaginación…

El verano está hecho de recuerdos y de sueños, por eso siempre regresamos a él con una mirada inocente de complicidad… Y por ello siempre termina por sorprendernos…

TE ME VAS-P