El latido que empuja al odio no es el golpe que mueve al amor

AMOR-ODIO-1Cuesta creer que el odio anide en el corazón, el mismo lugar donde crece el amor y del que nace un nuevo brote de vida con cada contracción… Se encoge el corazón y se alarga la vida hasta el próximo latido, una y otra vez… Otra vez cada vez miles de veces… como tambores lejanos que suenan en nuestro interior, ese lugar con frecuencia tan apartado.

Es el pulso contra el tiempo que nos abandona cada instante, la certeza de que somos aquello que sentimos, y de que el regreso siempre es una forma de volver a empezar.

Pero ¿y el odio, la ira, el resentimiento, la inquina…?, ¿de dónde surgen, qué es lo que buscan en ese corazón tan ocupado y en esa vida que renace con sus latidos?

La maldad no brota del corazón, sus raíces se mezclan con dendritas y neuronas y se asoman a la realidad por la ventana de la conciencia. La maldad es la voluntad de hacer el mal, de justificarse en el dolor ajeno, de limpiar la impotencia en el sufrimiento de otra persona… Por eso la maldad es fría y por ello no hay maldad irracional, como tampoco hay pasiones asesinas.

Nos hemos acostumbrado a justificar la maldad en nombre de las emociones porque sabemos que son ellas las que nos hacen humanos. Creemos que matar por amor a la patria, a las ideas, a nuestros dioses… es mejor que matar por dinero, por la tierra, por la propiedad… Que la violencia siempre es legítima en defensa de nuestras propias convicciones, y no es así.

Escribía Antonio Muñoz Molina hace tan sólo unos días (“Testigos de la derrumbe”, Babelia 14-12-13), que “la agresión bélica o el despotismo no son más nobles si se practican en nombre de la justicia o de la emancipación de los pueblos, y ofrecen resultados igual de criminales y de catastróficos”…

Y tiene razón, pero nos engañan los malvados al presentar su resultado revestido de trascendencia, de heroicidad, de sacrificio… de necesidad y merecimiento. La gente se siente tan bien en la victoria como tan mal viven los derrotados, y son esos sentimientos los que alimentan la aventura de la violenciaUna violencia siempre fratricida para la humanidad.

El fracaso de la humanidad está en la violencia que aún vivimos, da igual lo que hayamos conseguido con nuestro saber si no hemos sido capaces de aprender a dejar de ser inhumanos.

Y somos inhumanos en el recurso a las guerras que aún se extienden por todo el planeta, por la invariabilidad de las razones que enfrentan a los pueblos, en la violencia social y familiar, en la discriminación y la desigualdad, en el abuso del débil y del vulnerable… Somos inhumanos por querer ser más sobre la explotación de otras personas, por mirar al diferente como contrario, por ver lo distinto como un ataque… Somos inhumanos por no saber convivir como humanos entre nuestra rica diversidad y pluralidad.

…Y cada vez el humano es más inhumano en esa especie de regreso al caparazón individualista y egoísta, en esa mirada terrenal en nombre de dioses idolatrados que lleva al materialismo y al hedonismo, que dice “mañana Dios dirá” pero hoy decido yo contra todo.

El genial Ángel González escribió en su poema “Introducción a las fábulas para animales”, cómo la humanidad les debe parte de su virtud y sapiencia a aquellos asnos, leones, ratas, cuervos, zorros, cigarras… que sirvieron de moraleja y de escarmiento para que aprendiéramos y mejoráramos con cada cuento… Pero, continúa el poeta, no sin cierta preocupación, y nos dice que en la sociedad ya madura las cosas han cambiado, y que el hombre puede…

Servir de ejemplo al perro

para que el perro sea

más perro,

y el zorro más traidor,

y el león más feroz y sanguinario,

y el asno como dicen que es el asno,

y el buey más inhibido y menos toro.

A toda bestia que pretenda

perfeccionarse como tal

– ya sea

con fines belicistas o pacíficos,

con miras financieras o tecnológicas,

o por amor al arte simplemente –

no cesaré de darle este consejo:

que observe al Homo sapiens, y que aprenda.

El odio, la maldad… pasan de largo por el corazón, pero en el recorrido por las suaves aurículas y los robustos ventrículos, tienen tiempo suficiente para robar parte del amor que allí anida, y convertirlo en la ira propia de la crueldad que luego se justifica.

Somos responsables de nuestras conductas y de nuestras emociones, y cuando unas u otras se pierden en el resultado de la violencia, el odio o la injusticia, la única razón es no saber convivir en una sociedad plural. Ese es el gran reto que aún tenemos en este siglo XXI que ahora inicia su año 14, poner amor a la razón y no razones al odio.

Y continuaba Muñoz Molina cuando todavía era su año 13, “la idea puritana de la predestinación y de la innata maldad nos parece inaceptable a los progresistas, pero puede que no sea más sólida la convicción de que los seres humanos prefieren el conocimiento a la ignorancia, la razón a la ceguera, la libertad a la servidumbre”…

Es posible que sea así, pero también es cierto que la historia nos ha enseñado que sobre esos elementos nos hacemos más humanos como personas, y hacemos de la sociedad un espacio para la convivencia.

Y con ello la vida renace con cada latido, y la sociedad en cada persona.