Remordimiento

REMORDIMIENTO

De tanto dejar de ser llegamos a creer que somos alguien... No hay equipaje ligero en la conciencia, es cierto que con frecuencia lo dejamos en la consigna del olvido para poder continuar con las manos desocupadas, pero siempre arrastramos su llave colgada al cuello.

Creemos que dejar atrás camino es avanzar, que abandonar personas es crecer, que despedir el amor nos fortalece, que la soledad es pasajera y que nada de lo que retenemos terminará por irse. Nos negamos para hacernos verdad y decimos que la experiencia está llena de accidentes, simplemente porque un día cambiaron el rumbo de lo esperado cuando nada era verdad.

“No me arrepiento de nada”, suele ser la carta de presentación cuando responden por un pasado desde un presente que nunca sospecharon. Y lo dicen porque si se arrepintieran de algo tendrían que arrepentirse de todo, de ese llegar a ser por accidente, de esa sucesión de vida surgida a raíz de un imprevisto, y de creer que son ellos quienes dirigen el curso de la corriente que fluye más allá de sus brazos y sus piernas.

Su vida caería desmoronada ante unos ojos de sorpresa, como los del niño cuando retira una carta del castillo de naipes, y se darían cuenta de que ese equipaje de la conciencia pesa tanto porque arrastra muchos escombros que ya no sirven de nada, ni siquiera para recordar.

Todas las personas que han estado en un proceso vital crítico, aquellas que han podido estrechar la mano fría de la muerte y respirar su aroma rancio y húmedo, se replantean la vida. Algunas giran hacia un individualismo suicida que los encierra en la misma consigna que su equipaje, pero la mayoría abandonan la sucesión impuesta del tiempo para echar raíces en el aire…

No debemos esperar a ese momento…

Preferimos arrastrar el remordimiento al arrepentimiento para que el silencio nos dé la razón  y la soledad sea culpa de otro.

Si tenemos que elegir una deriva que sea la del aire no la del tiempo, que sólo tiene un destino y no siempre es mañana.

El aire podremos respirarlo y navegarlo, aunque a veces nos ciegue;  el tiempo resta con su suma y nos llena las manos de nada, para que no podamos llevar nuestro equipaje en ese camino que se hace al andar y al descansar de lo andado.