La “solitariedad”

SOLITARIEDAD

¿Qué queda cuando se acaba la presencia y continúa el sentimiento que la hace verdad?

¿Hay algo entre la presencia que se marcha y la ausencia que vuelve?

No siempre es el vacío el que ocupa el espacio dejado por la despedida, en ocasiones se produce una extraña compañía en la que no se suele reparar, y a la que, incluso, se llega  a negar.

La soledad contigo, la compañía sin ti, la sombra que abandona los pasos para caminar a tu lado, la mirada transparente que tropieza con la nada, la búsqueda del mañana a pesar de que cada día es un día menos… Todo lo que uno vive cuando está solitario no es lo mismo que aquello que siente cuando se encuentra solo… Ese otro mundo vivido es lo que forma la “solitariedad”.

La soledad es otra cosa… “carencia de compañía”… “lugar desierto o tierra deshabitada”… nos dice el diccionario; también lo que cuentan los náufragos de una relación, aquellos que habitaron una compañía como quien reside en una cabaña… Hablan del hueco dejado, del vacío que permanece, de esa ausencia que te hace dormir en el mismo borde de la cama y lavarte los dientes por la mañana a un lado del espejo, como si alguien ocupara aún el otro espacio…

Y nadie hay, nada queda sobre las sábanas ni en el espejo… Sólo la compañía borrada que todavía nos empuja y, con frecuencia, golpea.

Nada dice la soledad de los sentimientos que la acompañan… El roce del recuerdo puede ser cálido como las sábanas o frío como el espejo; también ausente, desierto y deshabitado como la propia soledad.

La “solitariedad” es diferente, es como una soledad habitada por la “presencia de la ausencia”.

No se puede elegir, ni siquiera es accesible a la razón… Es algo que se siente, no que se piensa.

No es posible llegar hasta ella, no hay mapas ni direcciones… Aparece cuando las emociones logran escapar del recuerdo para vivir fuera de él. Es la liberación de los sentimientos más allá de la atadura del momento que los originó.

Y todo ello se traduce en esa presencia, en compañía, en búsqueda… no en soledad.

Acostumbrados al recuerdo, a esos nidos que forma la memoria para que determinados momentos perduren protegidos del galope de los días, no hemos sido capaces de crear un espacio para la “solitariedad”, más bien al contrario, alguien se ha preocupado de negar sus emociones en lugar de vivirlas.

Nos da más miedo sentir que sufrir… Desde la infancia nos han enseñado a vivir con el dolor, nos han dicho que ayuda a superarnos, que nos hace más fuertes, que con él aprendemos a valorar lo que tenemos… Nos repiten que bien está  incluso lo que mal acaba, que quien nos quiere nos hará llorar, y que la propia vida es un valle de lágrimas para que no miremos alrededor y vivamos todo lo que nos aporta, y si lo hacemos para que nos sintamos culpables por extraviar las lágrimas.

Nadie dijo lo suficiente, nadie insistió en la fuerza de los sentimientos, en la intensidad del cariño, en cómo se llena una vida con emociones sencillas… En el éxito que es intentarlo, en el triunfo que es lograrlo, y en cómo todo ello se traduce, a pesar de la traición del tiempo y la distancia, en esa “solitariedad” capaz de  ocupar la ausencia y acompañar tu vida durante el trayecto hasta el reencuentro.

Es cierto que no siempre lo consigue, y que un día te levantas y ves el hueco en las sábanas y el vacío en el espejo y no sabes muy bien por qué. Es verdad que un día abres la puerta para salir de casa y se cuela la soledad… Todo eso ocurre, sí, pero sucede porque antes hay un sentimiento, luego una “solitariedad” y al final la soledad.

El error está en no dar oportunidad a los sentimientos para racionalizar el dolor, y creer que por ello duele menos.

Evitar el dolor de la pérdida con el sufrimiento de la ausencia es como intentar escapar a la muerte con el suicidio…

Lo escribió Antonio Machado para la muerte:                                                                   “Tras el pavor de morir                                                                                                        está el placer de llegar”

Lo que acaba siempre termina al final del “camino que se hace al andar” por  esta vida sentida.