No es el tiempo que pasa, es la vida que no llega

TIEMPO-VIDA

Los recuerdos caminan, unas veces lo hacen despacio y con dificultad, como ejércitos vencidos sobre el barro de la derrota, otras vuelan veloces por el aire ausente del tiempo invisible, pero siempre andan en movimiento como partículas inestables dispuestas a saltar de orbital y a agitarlo todo.

Henry Ey, uno de los grandes psiquiatras de Francia, se refirió a  la memoria como “actividad psíquica que asegura el retorno del pasado”. No somos nosotros quienes regresamos al tiempo vivido, es el momento anterior el que rompe las cadenas que lo retienen y nos visita empaquetado por las emociones que lo envolvieron, por eso hay ocasiones en que no nos encuentra, y por ello a veces somos nosotros quienes no somos capaces de reconocer a ese recuerdo liberado.

¿Qué es lo que hace que recordemos los recuerdos?

No siempre elegimos lo que recordamos, tampoco lo que olvidamos.

Un recuerdo es un olvido olvidado, el momento que ha logrado engañar al tiempo con la excusa de la memoria, y que no se bajó de él cuando se detuvo un momento para cambiar de argumento.

Los recuerdos son los que hacen verdad al tiempo al llenar sus horas y minutos de vida, sin embargo el tiempo tiene como aliado al olvido. El tiempo es la gran trampa, el traidor dorado, aquel que nos niega y abandona en sus cunetas y nos reduce a la nada. Pero la vida fue secuestrada por el tiempo y hecha rehén de sus esferas, y de tanto enseñarle la noche y las mañanas, ella quedó convencida de que no hay dos días iguales y se dejó llevar. De este modo todo es lo mismo mientras no hagamos algo para evitarlo, esa es la gran trampa del tiempo.

A pesar de ello,  lo seguimos y contamos sus pasos sobre nuestras vidas como un mérito ganado, cuando en realidad hay mucho más de olvido en todo ello.

La vida necesita tanto el recuerdo como el olvido, pero hay quien impone recuerdos y obliga a olvidos. La sociedad nos limita como individuos en una memoria colectiva hecha de ausencias. Es la memoria social, a la que Janet se refiere como la “conducta del relato”, una especie de instrucciones que nos llevan a actuar y a vivir la mentira de la que formamos parte como personas, aunque el grupo quiera presentarla como verdad.

La memoria de los pueblos está hecha de olvidos y su relato de silencios. No hay nada que dé más miedo a un pueblo que enfrentarse a su propio pasado, lleno de fantasmas que no encontraron salida y de recuerdos que no pudieron superar los obstáculos que alguien colocó en su camino hasta el presente.

Vivimos esa gran mentira del tiempo que habla de pasado cuando todo está presente, y de futuro cuando nada cambia, cuando los días suceden iguales uno tras otro sin que hagamos nada por evitarlo, dejando en las manos culpables del tiempo cualquier solución.

No es el tiempo que pasa, es la vida que no llega… la espera expectante sin que nada suceda y sin que nada hagamos para que ocurra aquello que deseamos, aquello que sentimos, aquello que creemos que el tiempo traerá cuando ha sido él quien se lo ha llevado. La vida está llena de olvidos que alguien ata a nuestros pies para que no volemos, grilletes que nos encadenan a los días y nos condenan a la soledad en medio de una multitud hecha con trozos de nada, con esos olvidos que hacen del relato silencio y de la conducta continuidad.

Todo sería más sencillo si permitiésemos la coherencia entre nuestro pasado y nuestro presente, si fuésemos capaces de crear esa armonía entre lo que sentimos y lo que queremos, si saltásemos en marcha de esta deriva del tiempo y comenzásemos a caminar junto a nuestros recuerdos y a quienes elegimos. Quizás de este modo podríamos ordenar los sentimientos y entender que los recuerdos surgen del pasado, la imaginación del presente y los sueños del futuro, pero que todos son verdad y conviven en cada persona para demostrar que no es el tiempo lo que  define la vida.