Remordimiento

REMORDIMIENTO

De tanto dejar de ser llegamos a creer que somos alguien... No hay equipaje ligero en la conciencia, es cierto que con frecuencia lo dejamos en la consigna del olvido para poder continuar con las manos desocupadas, pero siempre arrastramos su llave colgada al cuello.

Creemos que dejar atrás camino es avanzar, que abandonar personas es crecer, que despedir el amor nos fortalece, que la soledad es pasajera y que nada de lo que retenemos terminará por irse. Nos negamos para hacernos verdad y decimos que la experiencia está llena de accidentes, simplemente porque un día cambiaron el rumbo de lo esperado cuando nada era verdad.

“No me arrepiento de nada”, suele ser la carta de presentación cuando responden por un pasado desde un presente que nunca sospecharon. Y lo dicen porque si se arrepintieran de algo tendrían que arrepentirse de todo, de ese llegar a ser por accidente, de esa sucesión de vida surgida a raíz de un imprevisto, y de creer que son ellos quienes dirigen el curso de la corriente que fluye más allá de sus brazos y sus piernas.

Su vida caería desmoronada ante unos ojos de sorpresa, como los del niño cuando retira una carta del castillo de naipes, y se darían cuenta de que ese equipaje de la conciencia pesa tanto porque arrastra muchos escombros que ya no sirven de nada, ni siquiera para recordar.

Todas las personas que han estado en un proceso vital crítico, aquellas que han podido estrechar la mano fría de la muerte y respirar su aroma rancio y húmedo, se replantean la vida. Algunas giran hacia un individualismo suicida que los encierra en la misma consigna que su equipaje, pero la mayoría abandonan la sucesión impuesta del tiempo para echar raíces en el aire…

No debemos esperar a ese momento…

Preferimos arrastrar el remordimiento al arrepentimiento para que el silencio nos dé la razón  y la soledad sea culpa de otro.

Si tenemos que elegir una deriva que sea la del aire no la del tiempo, que sólo tiene un destino y no siempre es mañana.

El aire podremos respirarlo y navegarlo, aunque a veces nos ciegue;  el tiempo resta con su suma y nos llena las manos de nada, para que no podamos llevar nuestro equipaje en ese camino que se hace al andar y al descansar de lo andado.

La vida es acostumbrarse a las despedidas

DESPEDIDAS-FOTO

Sus palabras quedaron atrapadas como el eco en el interior de una cueva sin salida. Caminaba por un Madrid que aún no sabía que el futuro nunca es un accidente, y lo hacía a esa extraña hora del toque de queda, el momento en que las personas parecen convertirse en estatuas a la espera de que la llegada de otras deshaga el hechizo, y así poder continuar juntas el día a través de la noche inexplorada.

Una pantalla de móvil se parece mucho a esa cueva sin salida. Atrapa la mirada en las sombras que habitan tras su luz, y las palabras que se escriben al frente siempre horadan profundas galerías sin salida.

Y eso debió ocurrir la noche de aquel día en Sol.

Esa mañana había escrito a Luis García Montero desde una Granada que, entonces, iba de paso por mis días, pero no fue hasta ese extraño momento en el que la espera pretende despedir a la soledad, cuando llegó la respuesta empujada por su poesía.

Nada parecía haber sucedido más allá de  ese intercambio de mensajes y sensaciones.

…Los pasos comenzaron el recorrido de la noche, la soledad tomó el metro de vuelta a casa mientras yo me metía en las luces de la oscuridad, pero el eco quedó perdido en el laberinto excavado en busca de una salida. No lo consiguió, sólo tuve tiempo de escribir una especie de mensaje:

DESPEDIDAS-POEMA

Las aceras nunca están solas en otoño

ACERAS OTOÑO

Tres horas después seguía sentando al sol en el banco. El día parecía sacado de un catálogo de El Corte Inglés para anunciar la Navidad, y lo habían decorado con mucho frío y con un cielo raso de esos que corta la mirada al levantar los ojos, pero él, acostumbrado a abrigarse con el hielo y la escarcha, no se había movido del sitio.

El hombre estaba dormido, un poco inclinado, como si se hubiera apoyado sobre sí mismo para mantenerse erguido y de este modo reivindicar su dignidad. No quería tumbarse sobre el banco, habría sido lo fácil y lo más cómodo, y probablemente su cuello luego no le recriminaría por qué no lo había hecho, pero desde que se acercaba hasta el banco había decidido evitar que todo el mundo lo viera con la mirada del rechazo.

Hoy no quería sentirlo, tan acostumbrado a vivir con él y a pasearlo por todos los lugares de donde termina por marcharse, hoy no quería el desprecio. Es cierto que no tenía la mañana como para detenerse en esos detalles, ni para escrutar los ojos de la gente intentando descifrar sus pupilas, pero cuando la noche terminó y sintió que por fin podría dormir algo en algún rincón soleado, no lo dudó. Le dio el último trago al tetrabrik como desayuno, y se puso a buscar un banco por el centro de la ciudad, nada de calles estrechas o parques solitarios, bastantes sombras tiene la noche como para rodearse de ellas en una mañana azulada.

De manera que se levantó de los cartones de una lavadora en oferta que otro colega le había prestado, se abrochó hasta arriba la trenca gris que ocultaba su verdadero color, y después de sacudirse un poco la suciedad y de tirarse de ella para que las arrugas se ajustaran mejor a su cuerpo, cogió su bolsa de plástico con el pesado equipaje de la nada y se marchó en busca de ese banco.

Sus pasos eran cortos y lentos,  la suma de todas las intemperies vividas y la resta de las soledades que no pudo vivir, habían acartonado su cuerpo y acortado su caminar. Pero tuvo suerte y lo encontró antes de que la gente tomara la calle y los comercios.

Debió sonreír cuando se sentó en él. ¡Que felicidad!, pensaría. Y  antes de que los recuerdos y los olvidos comenzaran a oscurecer su mirada, fue quedándose dormido al sol sin perder la compostura… Inclinado sobre sí mismo y con la cabeza apoyada en el hombro izquierdo, como si estuviera pensando o vigilando su bolsa de plástico.

Así estaba cuando lo he visto al pasar por su lado, y así continuaba cuando he regresado. Nada había cambiado, sólo la sombra giraba a su alrededor marcando la cuenta atrás hasta el anochecer.

No tiene prisa por volver a abrir los ojos, sabe que le espera una noche larga y aún más fría, el tiempo de la noche camina despacio y el calor se refugia en los hogares. La noche es escasa y transita cuesta arriba, por eso es tan difícil de habitar.

A pesar de ello prefiere mirar a la noche que al día. Estar solo de madrugada parece un accidente, estarlo de día una condena.

Ya no se siente culpable, andar por la vida sin destino y sin pertenecer a un lugar es una carga demasiado pesada como para arrastrar también la culpa, pero hubo un tiempo en que buscaba razones y motivos para todo, al igual que buscaba de todo entre la basura. Ya no, ahora sólo rebusca un poco de comida o alguna ropa vieja. Sólo cuando encuentra algo que le recuerda a su otra vida se detiene y parece que los ojos se le humedecen un poco más, pero sólo el tiempo que tarda en pasarse la mano agrietada y sucia por los ojos, con ella oculta esa mirada y arranca los recuerdos para dejarlos, una vez más, entre esos desechos envueltos en plásticos y olores.

Las hojas abandonadas del otoño pasan a su lado sin detenerse. Las aceras nunca están solas en otoño, piensa al verlas.

Ya atardece… Se levanta del banco y camina con dificultad. La calle está igual de vacía que cuando llegó en la mañana. Ahora se dirige a buscar un lugar aún más oscuro que la noche para que sus ojos no puedan ver nada.

Hasta las hojas caminan en dirección contraria por el asfalto, pero él nunca se siente sólo del todo… Aún confía en regresar.